Hola, bienvenidos.
Si has llegado aquí con preguntas sobre terapia, o simplemente buscando algo que resuene contigo, espero que encuentres algo de valor en estas reflexiones.
Hoy quiero quedarme con una pregunta que me acompañó durante toda mi formación como psicoterapeuta:
¿Es mejor hacer terapia en nuestra primera lengua cuando no es la opción más fácil?
Para algunos de nosotros, emigrar fue una decisión propia.
Para otros, algo impuesto por las circunstancias.
En el país de destino encontramos partes de nosotros que no conocíamos. Y en ese proceso, también aprendimos a mostrarnos en otro idioma.
A veces puede ser liberador.
Y otras, puede convertirse en una forma de retirarnos sutilmente,
de no exponernos del todo,
de dejar que otros completen por nosotros lo que no decimos.
Al amoldarnos a la nueva cultura, muchas veces sin darnos cuenta, empezamos a alejarnos de una parte más íntima de nosotros mismos.
Esa que no siempre se deja traducir con facilidad.
La que guarda matices, recuerdos y significados que no encajan del todo en otro idioma.
Las partes más difíciles que no queremos mostrar a nadie. Esas partes a las que no nos tenemos que enfrentar mientras hablemos en el segundo idioma.
Incluso en el tercero para algunos de nosotros que nacimos y crecimos bilingües.
El anonimato puede resultar seductor y atractivo al principio. Como una oportunidad de reinventarnos y mostrar partes de nosotros que sabíamos que teníamos. Dando lugar a una versión “mejor” de quienes somos.
Más glamurosa.
Más seductora.
Más libre.
Y a la vez también puede ser una versión
más pulida,
más contenida,
más alejada de quienes somos
La versión oficial que mostramos a los demás, mientras nos escondemos detrás de las palabras a modo de escudo protector.
Y sí, a veces puede estar bien protegerse de los dolores imaginados y proyectados en el otro, producto de nuestras experiencias pasadas.
Pero …
Pero …
Pero …
El esconderse y protegerse detrás de otro idioma también nos puede dejar fríos, sin sentir muchas de las emociones que dejamos detrás del muro de palabras a las que nos conectamos más desde lo intelectual, sin dejarnos involucrar emocionalmente.
A veces pasamos por encima de lo que sentimos sin darnos cuenta y nos dejamos un poco de lado.
Sin saber muy bien ni cómo ni por qué.
A veces, elegir hacer terapia en un segundo idioma puede convertirse en una forma sutil de protegernos.
Un modo de pasar de refilón por aquello que resulta más incómodo, sin entrar del todo en ello.
Otras veces, ocurre lo contrario. La barrera lingüística, o la necesidad de volver a una lengua más propia, nos lleva a buscar un espacio terapéutico en nuestro idioma.
En mi caso, a pesar de haberme formado y trabajado durante años en inglés, elegí hacer mi formación en constelaciones familiares en español.
No fue casual.
Fue una decisión consciente de acercarme más a aquello que necesitaba mirar de cerca, y hacerlo desde otro lugar, sin abandonar partes de mí que se quedaron detrás cuando me mudé a Londres.
Hacer terapia en nuestra lengua puede traer consigo algo difícil de replicar en otro idioma:
Una sensación de reconocimiento cultural
de familiaridad
de menor esfuerzo al expresarnos.
Ese entendimiento sin palabras.
En una mirada, en una respuesta a medias, en una expresión intraducible.
También puede ayudarnos a evitar ese pequeño desplazamiento emocional que a veces ocurre cuando hablamos en otra lengua.
Y eso, a veces, eso es todo.
Todo lo que no tuvimos antes y que en su ausencia formó nuestro carácter y nuestra manera de ver el mundo.
Y poder ser recibido así en nuestra lengua materna es una experiencia altamente sanadora. Y poderosa.
Ahora bien. Esto no significa que compartir idioma sea suficiente.
La experiencia cultural no es homogénea.
Ni siquiera entre personas del mismo país.
Y menos aún entre quienes vienen de contextos, historias o culturas distintas.
Personas racializadas, por ejemplo, pueden vivir experiencias muy diferentes aun compartiendo una misma lengua.
Por eso, la sensibilidad cultural del terapeuta sigue siendo fundamental.
Alguien que vaya más allá de los estereotipos.
Alguien con una curiosidad respetuosa e infinita de querer saber cómo es para ti lo que estás contando, lo que has vivido.
Lo que supone desnudar tu alma ante un extraño en tu propio idioma y que te entienda más allá de las palabras o del idioma que hables. Incluso cuando mezclas los dos porque a veces ya no encuentras la palabra justa en uno de ellos.
Más que el idioma en sí, quizá la pregunta es:
¿Dónde puedo sentirme más en contacto conmigo mismo mientras hablo?
¿En qué lengua me acerco más a lo que realmente quiero decir?
Tal vez no se trata de elegir el idioma “correcto”,
sino de poder reconocer qué se gana y qué se pierde en cada uno.
Y desde ahí, decidir.
Marta Carbajo Gutiérrez es psicoterapeuta Gestalt acreditada por UKCP y acompaña a personas y grupos en Londres y online. Puedes encontrar más información sobre su trabajo en Kintsugi Mind.